21 marzo 2007

Rutina

No puedo reconocerme en esa historia, a pesar de que haya transcurrido más de un año. Pienso en ello todos los días. Yo había estado de guardia en el ambulatorio. Me aliviaría quizá decir que el día había sido especialmente duro, pero lo cierto es que no lo fue ni más ni menos que cualquier otro. Allí los días solían ser siempre iguales, cargados de aburrimiento, de historias triviales y enfermedades mediocres, de señoras peleonas y madres histéricas y vagos que suplicaban un parte de baja. Todo lo había interrumpido para ir a almorzar a la cafetería, donde tardan una eternidad en servirte un café con leche. Y me concentré en mi media hora de descanso, dispuesto a volverme ciego y sordo si era necesario. Es la única explicación.

No escuché el chirriar de las ruedas.

No escuché el golpe.

No escuché los gritos.

Ni siquiera a la señora que entró en la cafetería pidiendo auxilio, a pesar de que ella dice que yo le sugerí que llamara a una ambulancia.

Cierto es que siempre he creído que una ambulancia está mucho más preparada de lo que pueda estarlo un ambulatorio o un médico que casualmente pasara por el lugar del accidente. Siempre me ha parecido irresponsable el médico que va por la vida de buen samaritano, lo cual quizá suene irónico teniendo en cuenta mi situación actual.
Y sin embargo, no puedo reconocerme en esa historia. Me niego a aceptar que alguien me pidiera auxilio y yo continuara almorzando. Un accidente a escasos metros del edificio, un herido grave, pero era mi hora del almuerzo y no acudí a la llamada.

La Directora me llamó a su despacho. Su mesa estaba cubierta de periodicos y en algunos de ellos aparecía mi foto. Me invitó a sentarme en el frio sillón de cuero de las visitas. No sabía cómo comenzar, me explicó, y le dije que lo entendía. No podía excusarme porque me avergonzaba pensar que todo lo que se decía de mí era cierto. Dije que parecía inútil intentar explicar que en caso de un accidente era más prudente avisar a una ambulancia. Me tendió una hoja y leí en ella mi petición de cese y la firmé con el pulso flojo.

El herido murió. Mi esposa no entendió ninguna de mis explicaciones, quizá porque yo no sabía justificar mi comportamiento. Ella no me lo perdonó. Tampoco yo era capaz de perdonármelo. Me miraba como si acabara de descubrir que vivía con una bestia. Ya no pudo abrazarme más. Mi marcha puso fin a nuestro matrimonio. Hice las maletas y vine a este rincón del mundo, con los olvidados.

Javier entra e interrumpe mis recuerdos. Javier lleva la bata manchada de sangre. Siempre está su bata manchada de sangre, jamás tuve la oportunidad de verla limpia. Me dice que las cosas se están poniendo mal y se nos han dado instrucciones de abandonar el puesto y regresar a casa.

-No tengo casa -le digo.

-La población se está matando. Los extranjeros seremos los primeros en caer. Hemos de irnos.

Delante de mi hay un niño tumbado en una camilla. Sus padres han muerto y él está herido y asustado. No deja de mirarme porque tiene miedo de que yo desaparezca. Le acaricio el pelo ensortijado y le doy un beso en la frente pero no se fía, no me devuelve la sonrisa. Javier está agitado.

-¿Qué haces? -me pregunta.

-Yo no me voy -le digo-. No puedo marcharme.

Fuera se oyen gritos de muerte y de miedo y de dolor. Javier huye y yo me quedo solo con mis enfermos. Algunos sollozan, otros gimen. Miro a mi alrededor y veo mi vida en las vitrinas, en forma de cajas descoloridas de medicamentos, en forma de botellas de alcohol, en forma de gasas, de jeringillas, esparadrapo, tijeras... De vez en cuando, alguien golpea la puerta, pero luego se aleja. Supongo que al final la echarán abajo y la turba entrará enfurecida e irracional. No temo a ese momento. Sé que estoy donde debo estar.

Miguel Sanfeliu

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