Escuchar el sonido de los pajarillos que hacían de cada madrugada un evento familiar, no restaba el temor de encontrarse en un lugar extraño. Levantarse todos los días cuando la penumbra aún no abandonaba el cielo y sentirse ajeno; ajeno en costumbres, extraño en despertares. ¡Cómo añoraba volverse en la cama y tocar el cuerpo tibio —y a veces demasiado caliente— de su mujer!, gorda ya, a los cincuenta, pero que él veía como cuando por primera vez le abrió la blusa y le subió el sostén porque estaba apurado, porque necesitaba, requería, deseaba, ver cómo eran los senos que lo obsesionaban, de los que sólo podía vislumbrar la punta de los pezones a través de la telas que actuaban como dos murallas infranqueables: la del dichoso sostén que, después se dio cuenta, no sostenía nada, porque sus pechos se alzaban con la misma gracia que dos cúpulas bizantinas; y la de la blusa, siempre cerrada, como si las quisiera resguardar del avance enemigo. Sí, del avance enemigo como el que tarde o temprano habría de enfrentar en aquella guarnición remota. Dos años destacado con un cuerpo de soldados en un rincón perdido, porque la paga era buena y le habían prometido una jubilación excelente. Donde la única mujer a la vista era la vieja que preparaba los sofritos aderezados con grasa de pollo, a la que él casi se había acostumbrado sin que su estómago se resintiera. La vieja con canas hasta en los bigotes que lo saludaba con un golpe en la mano de su cuchara de palo, enorme y renegrida de tantas malas lavadas, anticipándose a su próximo movimiento: ¡deje eso ahí! Gritaba con su voz gorjeante, parecida a los escasos pajarillos que merodeaban por la colina, buscando quién sabe qué de un terreno yermo con sólo dos árboles vetustos.Pero esa mañana el cucharón de Katty no salió al encuentro de su mano. La cocina estaba vacía. «La vieja no viene hoy ni mañana», le dijeron. Nadie supo dar más información. Esa noche se revolvió en su colchón pensando en ella, en sus golpes, en su voz atiplada y chillona que parecía desbordarse cuando cantaba y que terminaba en los mentados gorjeos de los que ella parecía enorgullecerse. No notó hasta el tercer día que de veras la extrañaba. No a ella, no. Era la presencia de una mujer, aunque fuese vieja, porque las mujeres tenían su propio modo de hacer las cosas, porque los pasos de una mujer, porque los sonidos de las ollas hechos por una mujer, y los golpes dados por una mujer, no tenían nada que ver con los de un hombre. Y hasta ese momento la presencia de una mujer en el campamento había significado un lazo con todas las demás. Con la suya, la que dormía a su lado y a veces estaba tan caliente que golpeaba su espalda con los talones. La vieja Katty representaba todas las mujeres del mundo, y hacía una semana se había ido y él deseaba tenerla cerca, más que nunca, más que cuando su mujer fue por una semana a casa de su madre. Pero pasaban los días y Katty no regresaba.Una semana que no dormía, y apenas probaba bocado de las latas que el reemplazo, un tipo flaco y escuálido, se afanaba en abrir como un experto. «Esta es comida saludable, libre de gérmenes» «Estas son albóndigas empacadas al vacío», «en estos lugares debemos cuidarnos...» Más de uno lo mandó a la mierda. ¿A quién le importaba cuidarse en ese agujero? Todos estaban de mal humor, el tipo flaco y escuálido se convirtió en blanco de los insultos que se daban a bocajarro. Antes también se los lanzaban a Katty, pero era divertido. Lo hacían a escondidas o entre dientes, y preferían mil veces las porquerías que lograba condimentar la vieja, al antiséptico contenido de las latas. Todos la querían de regreso pero no lo manifestaban, se presentía en sus gestos, en las miradas a un horizonte plano, sin más árboles que los dos que hacían de quién sabe qué para los pájaros. Y quien esperaba con más ansiedad era él. Sentía que si la vieja Katty no regresaba moriría de mengua. La trataría mejor, haría cumplidos a su comida, le rogaría que gorjease; ¿por qué nadie decía nada? ¿Volvería algún día? Ya las noches no tenían la mansedumbre que precede a la mañana, cuando sabía lo que le esperaba en la cocina. El canto de los pájaros le traía recuerdos de Katty, de sus pasos arrastrando sus sandalias, tan maltratadas como ella, ¿quién era Katty? Por primera vez se hizo la pregunta. ¿De dónde venía?, ¿tendría marido?, ¿hijos?Ese día, todos se pusieron de acuerdo sin haber hablado. Tácitamente fueron llegando uno a uno al patio y exigieron una explicación: «¿Dónde estaba Katty?» «¡Queremos a Katty!»«La señora Katty tuvo que ir a acompañar a su marido al hospital. Está tardando en regresar porque él falleció hace dos días. Mañana vuelve»Silencio absoluto. ¿Katty era una señora? Fue lo primero que le vino a la mente. Era obvio que sí. Miró a los demás y en sus caras descubrió alegría, satisfacción por la respuesta. Todos empezaron a gritar de felicidad. «¡Katty vuelve!» «¡Katty vuelve!», gritaban como locos, y él también lo hacía. ¿Dijeron que mañana? Esa noche sería como las de antes. Casi un preludio amoroso, esperaría la fría madrugada y estaba seguro de que escucharía el horrible gorgojeo que esta vez sonaría a himno.Mansamente extendió la mano cuando vio a Katty con la cuchara de palo. Ella lo miró con sus ojos como carbones y sonrió con tristeza. No le pegó. Bajó la mirada para ocultar las lágrimas que empezaban a asomar. Él entonces bajó la mano y se acercó a ella. La abrazó. Fuerte, como si quisiera traspasarle todos los abrazos de los hombres, y sintió en sus carnes flojas un cuerpo de mujer. Y Katty, la mujer, la madre, la hija, la esposa, la amante, la prostituta, la joven, la anciana, con el gesto milenario de mujer, le acarició el cabello y lo acunó en sus brazos. De pronto, recobró la compostura, sólo por salvar su honor se alejó de él y le dio un golpe duro, más fuerte que nunca, con la cuchara de palo. Agradecido, él bajó la mirada y se fue con el corazón en su lugar. Sintió que todo era como debía ser.
19 enero 2009
02 abril 2008
Los amantes
Mi amiga María, geólogo, me había dicho que entre ellos, entre los geólogos, no terminaban de ponerse de acuerdo. Unos aseguraban que se trataba de dos montículos pétreos tan próximos, que parecían prácticamente adheridos entre sí. Y otros eran de la opinión de que se trataba de un solo promontorio de piedra que, en épocas remotísimas que yo no sé situar, se habría resquebrajado. Eso explicaría la perfecta conjunción de oquedades y protuberancias, de entrantes y salientes, que encajaban a la perfección entre ambos lados del desfiladero de La Yecla.
Cuando yo vi el desfiladero por primera vez, cuando tuve la oportunidad de recorrer sus intrincadas entrañas con el agua abajo, rugiendo en su marcha, yo no pude pensar en las teorías de los geólogos.
Yo vi a dos amantes eternamente juntos a orillas del río Arlanza. Yo pude ver cómo su amor era perfecto. Vi que permanecía a través de los siglos. Que volverse piedra caliza era la más asegurada forma de que viento y agua fueran en el tiempo conformando al unísono sus conjuntadas anatomías así, cerquísima. Vi de qué maravillosa recíproca manera cada uno llenaba con sus protuberancias las oquedades del otro. Oí cómo sonaba aquella balada que, en clave de sol, le cantaba a sus pies el agua entusiasta y saltarina, fría y purísima. Respiré su mismo aire frío de Castilla en una mañana de marzo, y mis sentidos se llenaron del perfume que la incipiente primavera traía a los amantes.
Cuando yo vi el desfiladero por primera vez, cuando tuve la oportunidad de recorrer sus intrincadas entrañas con el agua abajo, rugiendo en su marcha, yo no pude pensar en las teorías de los geólogos.
Yo vi a dos amantes eternamente juntos a orillas del río Arlanza. Yo pude ver cómo su amor era perfecto. Vi que permanecía a través de los siglos. Que volverse piedra caliza era la más asegurada forma de que viento y agua fueran en el tiempo conformando al unísono sus conjuntadas anatomías así, cerquísima. Vi de qué maravillosa recíproca manera cada uno llenaba con sus protuberancias las oquedades del otro. Oí cómo sonaba aquella balada que, en clave de sol, le cantaba a sus pies el agua entusiasta y saltarina, fría y purísima. Respiré su mismo aire frío de Castilla en una mañana de marzo, y mis sentidos se llenaron del perfume que la incipiente primavera traía a los amantes.
03 marzo 2008
UNA MUJER CONTRADICTORIA
No sé si alguno de ustedes se ha encontrado alguna vez en su vida con una de esas mujeres que en un primer momento solo se atreverían a calificar de vulgar, tosca, carente de finura, una de esas típicas feúchas que parecen no haber encontrado todavía su lugar en el mundo, ni siquiera un minúsculo espacio social que las acoja, pero a la que sin embargo poco tiempo después no dudarían en describir como terriblemente bella, lacerantemente hermosa, brutalmente atractiva. Son, en efecto, mujeres inclasificables a las que no resulta fácil adaptarse, que poseen la extraña cualidad de ser una cosa y su contrario al mismo tiempo, que representan condensada la imagen perfecta de la mujer y la hembra, la niña y el animal.
¿Se hacen cargo de lo que quiero decirles?
Yo he convivido varios meses con una mujer que respondía punto por punto a esa descripción, una chica de aspecto difícil, rostro ampuloso y formas demasiado marcadas, casi diría que protuberantes, pero que dependiendo del día, de la tonalidad de la luz o de la alineación de los astros podían revelarse profundamente exóticas, e incluso llegar a ser calificadas como osadas, rabiosamente salvajes: pómulos sobresalientes; labios no tanto carnosos como generosamente dotados, amplios, absorbentes; ojos, más que gatunos, tristemente vívidos, maravillosamente alicaídos…
No sé si resultará fácil comprender lo que voy a decirles –las personas no estamos acostumbradas a convivir con lo dual, con lo multiforme, con lo ambivalente: nos atraen más las certezas, aun cuando sean irremisiblemente falsas–, sobre todo cuando esa extraña dualidad física tan fascinante y odiosa se hacía extensible al conjunto de su personalidad.
Olga era por lo menos dos mujeres a la vez: convivían en ella dos mundos casi opuestos, rivales más bien, como si siempre estuviese en guerra contra ella misma. Y esa característica a veces me traía loco y otras me desesperaba hasta la locura. La amaba casi tanto como la odiaba, y la necesitaba de la misma manera que me repelía. Había noches en que hacer el amor con ella nos conducía a un inmenso estallido de voluptuosidad y lujuria donde ambos vibrábamos de placer hasta elevarnos en espíritu sobre nuestras propias carnes de mortal; en otras, en cambio, se dejaba penetrar por mi falo con el mismo desinterés y la misma falta de ardor con que se tomaba el café los lunes de madrugada o recogía los platos después de comer.
A veces, cuando volvía de trabajar, se sentaba a mi lado y me contaba hasta en sus más nimios detalles todo lo que le había deparado el día. Otras tardes, en cambio, se ponía delante del televisor y, silenciosa y abstraída, lo encendía con el mando a distancia sin que pareciera importarle lo más mínimo el programa que echaran pero, eso sí, ignorándome por completo, negando incluso cualquier indicio de mi presencia. En esos momentos, si me hubieran dicho que yo era invisible, lo hubiese creído a pies juntillas.
A veces, el chiste más estúpido la hacía reír a carcajadas, y otras, no había manera de modificar su rostro serio y circunspecto cuando se empeñaba en cerrarse en banda a cualquier influjo exterior. No solo era imprevisible y contradictoria: sobre todo era inexplicable, impenetrable, hermética. Indescifrable. ¡Cuánto sufrí por su culpa! ¡Cómo me devané los sesos tratando de descubrir qué le hacía comportarse de una u otra forma, dónde estaba el mecanismo que regulaba sus reacciones y sus estados de ánimo! Pero todo esfuerzo resultó inútil. La racionalidad no tenía nada que ver con ella. Olga era así: sencillamente no estaba hecha a la medida de lo humano. De ahí quizá su extraño atractivo. Y también su insoportable carácter.
Como es fácil comprender, no aguantamos mucho tiempo juntos. Un día, y tras encontrarme sus maletas a la puerta de casa, su figura enérgica e incontestable se presentó ante mí por última vez.
–No te soporto más –me dijo–, estoy harta de tus cambios de humor, de tus manías y de tus contradicciones. No se puede vivir con alguien así, con un hombre que un día se comporta como el amante más maravilloso del mundo y al día siguiente te ignora como si ni siquiera te conociera. Estoy cansada de tus idas y venidas, de tus paranoias y de tu inconsciencia. Y sobre todo de tu falta de sensibilidad: sobre todo de eso. No se puede vivir así, Daniel, las personas tenemos sentimientos, no se nos puede tratar con semejante desprecio. Te adoro cuando te muestras amable y cariñoso, cuando te interesas por mí, cuando me dejas entrar en tu vida. Pero eres inaguantable cuando permaneces horas callado, en completo silencio, negándote a contestar a una sola de mis preguntas; cuando no me dejas ni que te toque y rehuyes la más tímida de mis caricias; o cuando me esquivas con todo el descaro del mundo como si mi sola presencia te resultara inaguantable, o peor aún, odiosa. No hay quien te comprenda, Daniel, y sin comprensión no hay relación que valga. Así que me voy para siempre. No quiero saber nada más de ti. He esperado demasiado tiempo a que cambiaras, me empeñaba en darte una oportunidad tras otra, pero ahora sé que es imposible. Tú eres así y así te morirás. Y no hay nada que ni yo ni nadie podamos hacer.
Lo terrible es que en ese instante no se me ocurrió qué contestarle. Creo que me pilló con pocas ganas de hablar.
Yo he convivido varios meses con una mujer que respondía punto por punto a esa descripción, una chica de aspecto difícil, rostro ampuloso y formas demasiado marcadas, casi diría que protuberantes, pero que dependiendo del día, de la tonalidad de la luz o de la alineación de los astros podían revelarse profundamente exóticas, e incluso llegar a ser calificadas como osadas, rabiosamente salvajes: pómulos sobresalientes; labios no tanto carnosos como generosamente dotados, amplios, absorbentes; ojos, más que gatunos, tristemente vívidos, maravillosamente alicaídos…
No sé si resultará fácil comprender lo que voy a decirles –las personas no estamos acostumbradas a convivir con lo dual, con lo multiforme, con lo ambivalente: nos atraen más las certezas, aun cuando sean irremisiblemente falsas–, sobre todo cuando esa extraña dualidad física tan fascinante y odiosa se hacía extensible al conjunto de su personalidad.
Olga era por lo menos dos mujeres a la vez: convivían en ella dos mundos casi opuestos, rivales más bien, como si siempre estuviese en guerra contra ella misma. Y esa característica a veces me traía loco y otras me desesperaba hasta la locura. La amaba casi tanto como la odiaba, y la necesitaba de la misma manera que me repelía. Había noches en que hacer el amor con ella nos conducía a un inmenso estallido de voluptuosidad y lujuria donde ambos vibrábamos de placer hasta elevarnos en espíritu sobre nuestras propias carnes de mortal; en otras, en cambio, se dejaba penetrar por mi falo con el mismo desinterés y la misma falta de ardor con que se tomaba el café los lunes de madrugada o recogía los platos después de comer.
A veces, cuando volvía de trabajar, se sentaba a mi lado y me contaba hasta en sus más nimios detalles todo lo que le había deparado el día. Otras tardes, en cambio, se ponía delante del televisor y, silenciosa y abstraída, lo encendía con el mando a distancia sin que pareciera importarle lo más mínimo el programa que echaran pero, eso sí, ignorándome por completo, negando incluso cualquier indicio de mi presencia. En esos momentos, si me hubieran dicho que yo era invisible, lo hubiese creído a pies juntillas.
A veces, el chiste más estúpido la hacía reír a carcajadas, y otras, no había manera de modificar su rostro serio y circunspecto cuando se empeñaba en cerrarse en banda a cualquier influjo exterior. No solo era imprevisible y contradictoria: sobre todo era inexplicable, impenetrable, hermética. Indescifrable. ¡Cuánto sufrí por su culpa! ¡Cómo me devané los sesos tratando de descubrir qué le hacía comportarse de una u otra forma, dónde estaba el mecanismo que regulaba sus reacciones y sus estados de ánimo! Pero todo esfuerzo resultó inútil. La racionalidad no tenía nada que ver con ella. Olga era así: sencillamente no estaba hecha a la medida de lo humano. De ahí quizá su extraño atractivo. Y también su insoportable carácter.
Como es fácil comprender, no aguantamos mucho tiempo juntos. Un día, y tras encontrarme sus maletas a la puerta de casa, su figura enérgica e incontestable se presentó ante mí por última vez.
–No te soporto más –me dijo–, estoy harta de tus cambios de humor, de tus manías y de tus contradicciones. No se puede vivir con alguien así, con un hombre que un día se comporta como el amante más maravilloso del mundo y al día siguiente te ignora como si ni siquiera te conociera. Estoy cansada de tus idas y venidas, de tus paranoias y de tu inconsciencia. Y sobre todo de tu falta de sensibilidad: sobre todo de eso. No se puede vivir así, Daniel, las personas tenemos sentimientos, no se nos puede tratar con semejante desprecio. Te adoro cuando te muestras amable y cariñoso, cuando te interesas por mí, cuando me dejas entrar en tu vida. Pero eres inaguantable cuando permaneces horas callado, en completo silencio, negándote a contestar a una sola de mis preguntas; cuando no me dejas ni que te toque y rehuyes la más tímida de mis caricias; o cuando me esquivas con todo el descaro del mundo como si mi sola presencia te resultara inaguantable, o peor aún, odiosa. No hay quien te comprenda, Daniel, y sin comprensión no hay relación que valga. Así que me voy para siempre. No quiero saber nada más de ti. He esperado demasiado tiempo a que cambiaras, me empeñaba en darte una oportunidad tras otra, pero ahora sé que es imposible. Tú eres así y así te morirás. Y no hay nada que ni yo ni nadie podamos hacer.
Lo terrible es que en ese instante no se me ocurrió qué contestarle. Creo que me pilló con pocas ganas de hablar.
27 mayo 2007
Un ángel en la obra
La verdad es que sólo había que mirarlo para ver que no era un ángel. No es que haya visto alguno, pero, bueno, hay una imagen, uno tiene una idea de cómo tiene que ser un ángel, ¿no? Porque, veamos, ¿cómo se imagina usted un ángel? Un ángel masculino, quiero decir. No un ángel chica. Seguro que no se lo imagina más bien canijo, con la nariz aplastada como la de un boxeador y una sombra en la cara, la sombra azulada de una barba que ni afeitándose dos veces al día le acababa de quedar limpia. Así no se imagina a un ángel, ¿verdad?
Si le soy sincero tampoco me imaginaba que fuera así un pintor. ¿Con esos bracitos que parecían cañas cómo iba a acarrear los cubos de pintura? Algunos pesan más de diez quilos. ¿Y cómo iba a darle al rodillo horas y horas? Para eso se necesitan buenos brazos y una buena espalda también. Y el aprendiz ese que nos mandaron ya la tenía incluso un poco torcida. Así que pensé que no nos aguantaría ni la primera semana. No se lo dije al capataz. Yo en esas cosas no me meto. Los hechos hablarían por sí mismos.
Como no teníamos un mono de trabajo de su talla, le compraron un nuevo. ¡Pena de dinero tirado! Pensé. Para uno que no va a durar lo que cuesta el mono. Blanco era. El primer día estaba tan limpio que el chaval parecía un astronauta.
Como siempre nos cambiamos en la empresa y después nos fuimos los cinco en una furgoneta a la obra. Raimundo y yo, el capataz y los dos aprendices. Los chicos se veían algo tímidos, se reían de lo que decíamos nosotros, pero no metían baza. En ese momento nada nos llamó la atención, sólo lo que ya le he dicho, que era un poco pequeño, pero eso no era nuestro problema. El problema sería que no hiciera bien su trabajo. Porque si el aprendiz no hace bien su trabajo, la bronca se la lleva el que tenía que controlarlo también. Como me veía venir que con el chavalín tendríamos problemas, se lo coloqué a Raimundo, que se lleva mejor con el capataz. Y me desentendí de él hasta la comida. Entonces, casi por cumplir, le pregunté a Raimundo qué tal lo hacía el canijo. Me dijo que muy bien y me volví a olvidar de él.
Hasta la hora de salir. Mientras el chaval limpiaba los rodillos, Raimundo me lo señaló y me pidió que me fijara en su mono de trabajo. Al principio no entendí, pero después me di cuenta de que estaba tan blanco y tan limpio como por la mañana, cuando lo había estrenado. Antes de que yo pudiera preguntar nada, Raimundo me dijo que sí, que el chico había trabajado todo el día, tanto o más que el otro aprendiz.
Cuando nos metimos de nuevo en la furgoneta, lo miré discretamente por el retrovisor. No se le notaba nada raro. Pero no se le veía cansado, como al otro chico. Y no tenía ni una mancha de pintura en la ropa, en la cara o en el pelo.
Al día siguiente le propuse a Raimundo que le diera un par de techos. Él entendió enseguida por qué. Llevamos muchos años trabajando juntos, ¿sabe usted?
Pero al final de la jornada seguía tan limpio que hasta el capataz lo notó. Ese capataz es un tipo que te grita a la más mínima. Te grita si vas rápido; te grita si vas lento; te grita si cargas demasiado; te grita si cargas demasiado poco. El caso es que grita. A todos y por todo. Pero, aunque vio tan claramente como lo vimos nosotros que el chico iba limpio como si acabara de salir de un anuncio de Ariel, no gritó. Movió la cabeza de un lado a otro con incredulidad, se dio media vuelta y se marchó.
Al día siguiente le propuse a Raimundo que le diera un par de techos. Él entendió enseguida por qué. Llevamos muchos años trabajando juntos, ¿sabe usted?
Pero al final de la jornada seguía tan limpio que hasta el capataz lo notó. Ese capataz es un tipo que te grita a la más mínima. Te grita si vas rápido; te grita si vas lento; te grita si cargas demasiado; te grita si cargas demasiado poco. El caso es que grita. A todos y por todo. Pero, aunque vio tan claramente como lo vimos nosotros que el chico iba limpio como si acabara de salir de un anuncio de Ariel, no gritó. Movió la cabeza de un lado a otro con incredulidad, se dio media vuelta y se marchó.
Pasó la primera semana y cada día era lo mismo. El chico trabajaba en silencio, parecía que no se cansaba y nos fijamos en que no comía ni bebía durante el trabajo. Y su mono de trabajo seguía blanco. Blanco como el primer día. ¿Y sabe lo que era más raro? Que nadie le hizo nunca un comentario al chaval. Todos en la obra lo habían notado, pero parecía que nadie se atreviera a decirle nada al chico. Entre nosotros, sí, lo comentábamos, pero cuando el aprendiz se acercaba, cambiábamos de tema. No era respeto. ¿Cómo le íbamos a tener respeto a ese renacuajo?
Bueno, si le soy sincero, creo que a algunos empezaba a darles algo de miedo. No un miedo que no les dejara dormir en su casa. Era un miedo que se sentía sólo cuando él estaba por ahí, quizás a una pared de distancia, pasando el rodillo arriba y abajo sin salpicarse una sola vez.
Fue Raimundo quien empezó con lo del ángel. Y yo le dije lo mismo que le he dicho a usted, que si se imaginaba a un ángel con esa barba como Pedro Picapiedra. ¿Sabe usted lo que me asustó en ese momento? Que Raimundo no se rió cuando dije esto, que me miró confundido, yo diría que casi molesto.
Dos días más tarde casi nos peleamos porque le dije en broma que el chaval era un ángel de brocha gorda. ¡Cómo se puso! Y debió de contárselo a un par de compañeros, porque ese día tuve que comer sólo. Parece que lo del ángel se lo empezaba a creer cada vez más gente. Algunos de verdad; otros por si acaso. Como lo de Dios. No quería que me acabaran cogiendo manía, así que me callé y en un par de días todo pareció normalizarse. Sólo me molestaba que todos estaban cada vez más convencidos de que se iba a producir pronto una especie de milagro en la obra. Al final de la jornada, todas las miradas se dirigían al mono de trabajo del aprendiz, que parecía no notar para nada la forma en la que todos controlaban la limpieza de su ropa. Creo que en ese momento yo era el único que no pensaba que ese chavalín era un ángel. Pero una vez más me callé. Allá ellos con sus supersticiones. Yo lo tenía muy claro, ¿sabe? Yo creo lo que veo y lo que veía no era un ángel.
Y por eso sé que no deberían haberlo dejado subir al andamio. Era demasiado inexperto. Y alas no tenía.
Y por eso también cuando lo vi muerto en el suelo, con el mono salpicado de sangre, no pude reprimirme. Señalé esa barba cerrada, que se afeitaba dos veces al día y les grité a los compañeros.
- ¿Es que no sabéis que los ángeles no se afeitan?
30 abril 2007
Poética
I
Has despertado con el rozar de un ratón por encima de tu cabeza
Has despertado con el rozar de un ratón por encima de tu cabeza
y te estremeces -joven escritor-hasta el ultimo vello de tu cuerpo:
¡mas un roedor que se desliza agazapado entre tus cabellos,
¡mas un roedor que se desliza agazapado entre tus cabellos,
es solo un roedor buscando a otro roedor¡
II
Siempre hay una banca vacía para reposar la soledad del poeta.
II
Siempre hay una banca vacía para reposar la soledad del poeta.
En los claustros de la pontificia catedral se desliza como dragón
sigiloso el bardo tratando de ocultar su inmanente presencia.
Duro es entonces el trabajo del aedo, cincelar fonemas en hermosas gemas de mampostería, atrapar imágenes como mariposas de colores a lo eterno:
Duro es entonces el trabajo del aedo, cincelar fonemas en hermosas gemas de mampostería, atrapar imágenes como mariposas de colores a lo eterno:
revelación ataraxia, energía esencial,
puro conocimiento.
La poesía es sólo un texto
III
Amarga es la vida de un poeta
mientras escribe soterrado en el averno
aquí el Azul de Darío es el cielo gris de Lima y
Adán el atardecer "el crepúsculo más
hermoso del mundo.
-mediodía y soy la noche-
converso con un genio incomprendido
que lúdico me muestra sus bocetos,
él intuye, mi callada amargura, mí depresión profunda
con historias insólitas y bromas
extravagantes me hace sonreír
la ironía de Borges no llega alcanzar su sabiduría.
Las calles en "Quillca" despiden un antiguo
esplendor
cada balcón esconde un verso de Vallejo,
de Pinglo una canción, mas no una noche estrellada:
"El poeta es, el poema y la desesperación"
La poesía es sólo un texto
III
Amarga es la vida de un poeta
mientras escribe soterrado en el averno
aquí el Azul de Darío es el cielo gris de Lima y
Adán el atardecer "el crepúsculo más
hermoso del mundo.
-mediodía y soy la noche-
converso con un genio incomprendido
que lúdico me muestra sus bocetos,
él intuye, mi callada amargura, mí depresión profunda
con historias insólitas y bromas
extravagantes me hace sonreír
la ironía de Borges no llega alcanzar su sabiduría.
Las calles en "Quillca" despiden un antiguo
esplendor
cada balcón esconde un verso de Vallejo,
de Pinglo una canción, mas no una noche estrellada:
"El poeta es, el poema y la desesperación"

Leo Zelada
21 marzo 2007
Rutina
No puedo reconocerme en esa historia, a pesar de que haya transcurrido más de un año. Pienso en ello todos los días. Yo había estado de guardia en el ambulatorio. Me aliviaría quizá decir que el día había sido especialmente duro, pero lo cierto es que no lo fue ni más ni menos que cualquier otro. Allí los días solían ser siempre iguales, cargados de aburrimiento, de historias triviales y enfermedades mediocres, de señoras peleonas y madres histéricas y vagos que suplicaban un parte de baja. Todo lo había interrumpido para ir a almorzar a la cafetería, donde tardan una eternidad en servirte un café con leche. Y me concentré en mi media hora de descanso, dispuesto a volverme ciego y sordo si era necesario. Es la única explicación.
No escuché el chirriar de las ruedas.
No escuché el golpe.
No escuché los gritos.
Ni siquiera a la señora que entró en la cafetería pidiendo auxilio, a pesar de que ella dice que yo le sugerí que llamara a una ambulancia.
Cierto es que siempre he creído que una ambulancia está mucho más preparada de lo que pueda estarlo un ambulatorio o un médico que casualmente pasara por el lugar del accidente. Siempre me ha parecido irresponsable el médico que va por la vida de buen samaritano, lo cual quizá suene irónico teniendo en cuenta mi situación actual.
Y sin embargo, no puedo reconocerme en esa historia. Me niego a aceptar que alguien me pidiera auxilio y yo continuara almorzando. Un accidente a escasos metros del edificio, un herido grave, pero era mi hora del almuerzo y no acudí a la llamada.
La Directora me llamó a su despacho. Su mesa estaba cubierta de periodicos y en algunos de ellos aparecía mi foto. Me invitó a sentarme en el frio sillón de cuero de las visitas. No sabía cómo comenzar, me explicó, y le dije que lo entendía. No podía excusarme porque me avergonzaba pensar que todo lo que se decía de mí era cierto. Dije que parecía inútil intentar explicar que en caso de un accidente era más prudente avisar a una ambulancia. Me tendió una hoja y leí en ella mi petición de cese y la firmé con el pulso flojo.
El herido murió. Mi esposa no entendió ninguna de mis explicaciones, quizá porque yo no sabía justificar mi comportamiento. Ella no me lo perdonó. Tampoco yo era capaz de perdonármelo. Me miraba como si acabara de descubrir que vivía con una bestia. Ya no pudo abrazarme más. Mi marcha puso fin a nuestro matrimonio. Hice las maletas y vine a este rincón del mundo, con los olvidados.
Javier entra e interrumpe mis recuerdos. Javier lleva la bata manchada de sangre. Siempre está su bata manchada de sangre, jamás tuve la oportunidad de verla limpia. Me dice que las cosas se están poniendo mal y se nos han dado instrucciones de abandonar el puesto y regresar a casa.
-No tengo casa -le digo.
-La población se está matando. Los extranjeros seremos los primeros en caer. Hemos de irnos.
Delante de mi hay un niño tumbado en una camilla. Sus padres han muerto y él está herido y asustado. No deja de mirarme porque tiene miedo de que yo desaparezca. Le acaricio el pelo ensortijado y le doy un beso en la frente pero no se fía, no me devuelve la sonrisa. Javier está agitado.
-¿Qué haces? -me pregunta.
-Yo no me voy -le digo-. No puedo marcharme.
Fuera se oyen gritos de muerte y de miedo y de dolor. Javier huye y yo me quedo solo con mis enfermos. Algunos sollozan, otros gimen. Miro a mi alrededor y veo mi vida en las vitrinas, en forma de cajas descoloridas de medicamentos, en forma de botellas de alcohol, en forma de gasas, de jeringillas, esparadrapo, tijeras... De vez en cuando, alguien golpea la puerta, pero luego se aleja. Supongo que al final la echarán abajo y la turba entrará enfurecida e irracional. No temo a ese momento. Sé que estoy donde debo estar.
No escuché el chirriar de las ruedas.
No escuché el golpe.
No escuché los gritos.
Ni siquiera a la señora que entró en la cafetería pidiendo auxilio, a pesar de que ella dice que yo le sugerí que llamara a una ambulancia.
Cierto es que siempre he creído que una ambulancia está mucho más preparada de lo que pueda estarlo un ambulatorio o un médico que casualmente pasara por el lugar del accidente. Siempre me ha parecido irresponsable el médico que va por la vida de buen samaritano, lo cual quizá suene irónico teniendo en cuenta mi situación actual.
Y sin embargo, no puedo reconocerme en esa historia. Me niego a aceptar que alguien me pidiera auxilio y yo continuara almorzando. Un accidente a escasos metros del edificio, un herido grave, pero era mi hora del almuerzo y no acudí a la llamada.
La Directora me llamó a su despacho. Su mesa estaba cubierta de periodicos y en algunos de ellos aparecía mi foto. Me invitó a sentarme en el frio sillón de cuero de las visitas. No sabía cómo comenzar, me explicó, y le dije que lo entendía. No podía excusarme porque me avergonzaba pensar que todo lo que se decía de mí era cierto. Dije que parecía inútil intentar explicar que en caso de un accidente era más prudente avisar a una ambulancia. Me tendió una hoja y leí en ella mi petición de cese y la firmé con el pulso flojo.
El herido murió. Mi esposa no entendió ninguna de mis explicaciones, quizá porque yo no sabía justificar mi comportamiento. Ella no me lo perdonó. Tampoco yo era capaz de perdonármelo. Me miraba como si acabara de descubrir que vivía con una bestia. Ya no pudo abrazarme más. Mi marcha puso fin a nuestro matrimonio. Hice las maletas y vine a este rincón del mundo, con los olvidados.
Javier entra e interrumpe mis recuerdos. Javier lleva la bata manchada de sangre. Siempre está su bata manchada de sangre, jamás tuve la oportunidad de verla limpia. Me dice que las cosas se están poniendo mal y se nos han dado instrucciones de abandonar el puesto y regresar a casa.
-No tengo casa -le digo.
-La población se está matando. Los extranjeros seremos los primeros en caer. Hemos de irnos.
Delante de mi hay un niño tumbado en una camilla. Sus padres han muerto y él está herido y asustado. No deja de mirarme porque tiene miedo de que yo desaparezca. Le acaricio el pelo ensortijado y le doy un beso en la frente pero no se fía, no me devuelve la sonrisa. Javier está agitado.
-¿Qué haces? -me pregunta.
-Yo no me voy -le digo-. No puedo marcharme.
Fuera se oyen gritos de muerte y de miedo y de dolor. Javier huye y yo me quedo solo con mis enfermos. Algunos sollozan, otros gimen. Miro a mi alrededor y veo mi vida en las vitrinas, en forma de cajas descoloridas de medicamentos, en forma de botellas de alcohol, en forma de gasas, de jeringillas, esparadrapo, tijeras... De vez en cuando, alguien golpea la puerta, pero luego se aleja. Supongo que al final la echarán abajo y la turba entrará enfurecida e irracional. No temo a ese momento. Sé que estoy donde debo estar.
17 marzo 2007
Triste pájaro de senectud
"Y de repente, un extraño llegó envuelto entre las sombras del bosque... La noche caía silenciosa cobrando formas oscuras entre la maleza de los árboles. Las pisadas del anciano hollaban el suelo, -reblandecido por las lluvias caídas en los últimos días- rumbo a su cabaña, e iba dejando la estela de su recorrido. Qué fácil era llegar hasta él siguiendo las marcas de sus botas en el suelo. El frío le había hecho desistir de continuar trabajando en su huerto. Los animales ya habían comido, había encerrado a los cerdos y las gallinas le habían brindando una cesta de huevos. Se retiró, despacioso y enjuto, mecido por las sombras del atardecer. En su cuerpo se le erizaba el vello con más fuerza que nunca, aunque le vinieran acuciando esos escalofríos cada tarde y cada anochecer desde hacía varios meses. Disfrazado con las galas del 'bucanero intrépido' que habitaba secretamente su cuerpo, el anciano sentía como se le encrespaban cada uno de ellos hasta quedar enhiestos.
Esta tarde la oscuridad era más tenebrosa, más negra, más turbia y menos apacible que nunca... Vivía solo desde que enviudara hacía ya varios lustros. Era un anciano en medio de una especie de jungla, 'un eremita' -como lo llamaban en el pueblo-, porque no quiso regresar a la civilización, porque su vida seguía allí donde seguía estando el espíritu de su amada esposa. Él mismo lo decía: 'si él se iba, ¿quién iba a ponerle flores frescas cada día?'. No, sería él quien lo hiciera mientras le quedara un hálito de vida'.
Ya lo había decidido hacía mucho tiempo, y no se iría hasta que le llegara también su hora. Esa tarde la sentía en el cogote, se cernía y estrechaba su cerco sobre él en sombras que no reconocía, que le llegaban entre murmullos y un peculiar bisbiseo. Estaba asustado por vez primera, pero no cesó el movimiento arrítmico de sus piernas ni pensaba hacerlo mientras le sobraran arrestos. Llegaría hasta la puerta de su vieja casa. Se sentaría en su mecedora bajo el porche para cumplir así su rutina de los últimos cincuenta años. Esperaría hasta oír la voz de su esposa llegando hasta sus finos tímpanos, como cuando gritaba desde dentro que ya estaba la cena. Creería escuchar las peleas de sus hijos y las reprimendas de la madre para que callaran. Eso creería, pero en realidad, eran recuerdos lo que quería escuchar, aunque sabía, con total certeza, que su imaginación le gastaba bromas pesadas.
-¡Pobre viejo, muere ya! -Era la voz del loro que tenía enjaulado el que gritaba la horrible frase. Él mismo lo había amaestrado para que la repitiera, cada día, cuando se sentara en su mecedora bajo el porche. El animal siempre esperaba a que su dueño primero dejara caer su vieja osamenta sobre las tablas raídas del asiento que treinta años atrás construyó para él y su mujer. La mecedora de Alba permanecía al lado izquierdo de la suya, siempre vacía, silenciosa e inamovible. Excepto cuando la cimbreaba el viento.
Recobró la sensación del presente en cuanto el bicho le lanzó la frase con estulticia. Si la sombra lo azuzaba de nuevo no pensaba defenderse. Estaba decidido ya. Quedaría en manos del destino, como era de Ley.
La vida se había embebido todas sus fuerzas: los mejores sentimientos yacían marchitos y sin fragancia en su recuerdo, -pues como si de flores se trataran- desde que la perdió a ella y a sus cuatro hijos ya no amaba el bosque. No podía amarlo porque nada que allí creciera le proporcionaba la alegría perdida.
Estaba dispuesto a dejar que el terror le cosiera los labios, se tragaría cualquier alarido o pedida de socorro si fuera necesario, dejaría que la muerte se cerniera y se ensañara. Tal era su fuerza y su debilidad. Le daba igual no seguir habitando aquel mundo de sombras. Deseaba reunirse con ellos. Estaba cansado de luchar, cansado de trabajar de sol a sol, exhausto de aspirar el eco de sus nombres cuando creía sentirlos brotar de entre la maraña de ramas de los frondosos árboles.
Vivía solo y eso era una amenaza para un hombre casi octogenario, encorvado por la espondilitis anquilosante y sumido en un caudal de dolores que no le daba tregua. Esa tarde regresaba con el cubo de cinc rebosando agua para asearse, la mirada gacha y los pantalones rotos por los bajos, arrastrando la ponzoña del lodo infectado por los productos químicos que esparcía por los sembrados. Las botas estaban despegadas por las suelas y la chaqueta le caía arrugada sobre el costado derecho, que era del lado que se inclinaba su cuerpo además de hacia delante. Así era como en su figura se marcaba más aún el aire tristón que los demás percibían y del que él no quería ni oír ni hablar.
- ¡Viejo imbécil, muere ya!
Y a continuación escuchó lo que él mismo le había enseñado al loro:
- ¡Pobre viejo, muere ya!
'Pero, ¿quién había dicho la primera frase? No recordaba haber oído a su mascota decir eso jamás. A no ser que la sombra estuviera cada vez más cerca... O que se estuviera cerniendo en ese preciso instante sobre él una amenaza peor que la infamia humana'.
Cuando levantó la mirada vio de cara la Muerte, con su guadaña en forma de soga y varios hombres que reían mientras él se hundía en un pozo sin aire. Sintió que la soga le quemaba los tendones del cuello, el ardor era tan intenso que el calor de su propia sangre atorada en el punto donde no tenía retorno se agolpó, y la cara se le quedó del color del cubo de zinc. No luchó, no quiso mirar a su atacante. Se dejó arrastrar sin pena ni angustias.
Había cumplido su misión en la vida. Todo estaba en paz. Los misterios de la noche se tragarían las sombras que lo habían llevado en volandas sobre alas de ángeles. Sus ojos veían hermosos paisajes mientras surcaba un cielo azul con un arco iris enorme dibujado contra el infinito. ‘Ya no existo’, -se dijo. También seguía oyendo las voces de los asesinos, pero ya estaba muerto. Todo acababa allí y de forma tan absurda: su loro repitiendo la frase odiosa y los asesinos revolviendo la cabaña en busca de unos caudales que nunca encontrarían porque no los tenía. Se irían con las manos vacías pero manchadas de sangre, y sin saber que le habían hecho un favor.
El anciano sonrió cuando pensó en esto antes de expirar, y esa fue la expresión con que lo encontraron al día siguiente sus amigos cuando pasaron a recogerlo para llevarlo al pueblo con ellos a pasar los días de Navidad. Faltaban tan sólo dos noches para que fuera Nochebuena. Se esperaban las primeras nieves: el viento arreciaba del norte y el color del cielo anunciaba la inminente nevada. Nada podía hacer un anciano sólo en medio de la montaña, a mil metros de altitud, rodeado de nieve y silencio... salvo hundirse aún más en su tristeza.
-¡Amigos, llegáis a tiempo! -'graznó' el bicho entre aleteos que lo desplumaban al girarse por la jaula como poseído por el diablo-. 'Un loro que graznaba no debió ser una compañía muy agradable' -pensarían los dos hombres que permanecían en pie ante el anciano.
-¿Qué dice este loro loco? -le preguntó el uno al otro-. Si está muerto tampoco hemos podido llegar a tiempo.
-No está tan loco el loro. Él, Isidoro en persona le enseñó a decir esa frase -musitaba el otro hombre dirigiendo su mirada hacia el buen amigo asesinado, con la expresión de paz más hermosa que jamás vio antes en una cara anciana.
-Nunca supimos para qué se las enseñaba. Ahora lo entiendo todo. Hemos llegado a tiempo porque no hemos llegado a tiempo para arrancarlo de su casa, ni de salvarlo. Esto era lo que él deseaba. ¡Viejo loco!
-¡Viejo loco, viejo loco! -gritó el loro como un desgraciado sin parar de dar vueltas por la jaula.
-¡Viejo imbécil, muere ya! ¡Amigos, llegáis a tiempo! -Y así continuó durante rato hasta quedarse afónico.
Su viejo compañero lo había abandonado. Tal vez ahora alguno de aquellos dos hombres lo echaran a volar. '¡Volar! Para llegar, ¿A dónde?' -Podría pensar el loro si no fuera animal. ¿Le habría enseñado Isidoro también a pensar?' La idea tan descabellada como inquietante quedaría en la mente de los dos hombres para siempre.
-¡Más allá del arco iris... más allá del arco iris! -El loro repetía ahora la frase que su dueño le había enseñado esa misma tarde, justo antes de que las sombras se cernieran sobre la cabaña y el sonido del frondoso bosque se tragara los ecos de todos los nombres que habitaron el lugar durante los últimos cincuenta años."
Esta tarde la oscuridad era más tenebrosa, más negra, más turbia y menos apacible que nunca... Vivía solo desde que enviudara hacía ya varios lustros. Era un anciano en medio de una especie de jungla, 'un eremita' -como lo llamaban en el pueblo-, porque no quiso regresar a la civilización, porque su vida seguía allí donde seguía estando el espíritu de su amada esposa. Él mismo lo decía: 'si él se iba, ¿quién iba a ponerle flores frescas cada día?'. No, sería él quien lo hiciera mientras le quedara un hálito de vida'.
Ya lo había decidido hacía mucho tiempo, y no se iría hasta que le llegara también su hora. Esa tarde la sentía en el cogote, se cernía y estrechaba su cerco sobre él en sombras que no reconocía, que le llegaban entre murmullos y un peculiar bisbiseo. Estaba asustado por vez primera, pero no cesó el movimiento arrítmico de sus piernas ni pensaba hacerlo mientras le sobraran arrestos. Llegaría hasta la puerta de su vieja casa. Se sentaría en su mecedora bajo el porche para cumplir así su rutina de los últimos cincuenta años. Esperaría hasta oír la voz de su esposa llegando hasta sus finos tímpanos, como cuando gritaba desde dentro que ya estaba la cena. Creería escuchar las peleas de sus hijos y las reprimendas de la madre para que callaran. Eso creería, pero en realidad, eran recuerdos lo que quería escuchar, aunque sabía, con total certeza, que su imaginación le gastaba bromas pesadas.
-¡Pobre viejo, muere ya! -Era la voz del loro que tenía enjaulado el que gritaba la horrible frase. Él mismo lo había amaestrado para que la repitiera, cada día, cuando se sentara en su mecedora bajo el porche. El animal siempre esperaba a que su dueño primero dejara caer su vieja osamenta sobre las tablas raídas del asiento que treinta años atrás construyó para él y su mujer. La mecedora de Alba permanecía al lado izquierdo de la suya, siempre vacía, silenciosa e inamovible. Excepto cuando la cimbreaba el viento.
Recobró la sensación del presente en cuanto el bicho le lanzó la frase con estulticia. Si la sombra lo azuzaba de nuevo no pensaba defenderse. Estaba decidido ya. Quedaría en manos del destino, como era de Ley.
La vida se había embebido todas sus fuerzas: los mejores sentimientos yacían marchitos y sin fragancia en su recuerdo, -pues como si de flores se trataran- desde que la perdió a ella y a sus cuatro hijos ya no amaba el bosque. No podía amarlo porque nada que allí creciera le proporcionaba la alegría perdida.
Estaba dispuesto a dejar que el terror le cosiera los labios, se tragaría cualquier alarido o pedida de socorro si fuera necesario, dejaría que la muerte se cerniera y se ensañara. Tal era su fuerza y su debilidad. Le daba igual no seguir habitando aquel mundo de sombras. Deseaba reunirse con ellos. Estaba cansado de luchar, cansado de trabajar de sol a sol, exhausto de aspirar el eco de sus nombres cuando creía sentirlos brotar de entre la maraña de ramas de los frondosos árboles.
Vivía solo y eso era una amenaza para un hombre casi octogenario, encorvado por la espondilitis anquilosante y sumido en un caudal de dolores que no le daba tregua. Esa tarde regresaba con el cubo de cinc rebosando agua para asearse, la mirada gacha y los pantalones rotos por los bajos, arrastrando la ponzoña del lodo infectado por los productos químicos que esparcía por los sembrados. Las botas estaban despegadas por las suelas y la chaqueta le caía arrugada sobre el costado derecho, que era del lado que se inclinaba su cuerpo además de hacia delante. Así era como en su figura se marcaba más aún el aire tristón que los demás percibían y del que él no quería ni oír ni hablar.
- ¡Viejo imbécil, muere ya!
Y a continuación escuchó lo que él mismo le había enseñado al loro:
- ¡Pobre viejo, muere ya!
'Pero, ¿quién había dicho la primera frase? No recordaba haber oído a su mascota decir eso jamás. A no ser que la sombra estuviera cada vez más cerca... O que se estuviera cerniendo en ese preciso instante sobre él una amenaza peor que la infamia humana'.
Cuando levantó la mirada vio de cara la Muerte, con su guadaña en forma de soga y varios hombres que reían mientras él se hundía en un pozo sin aire. Sintió que la soga le quemaba los tendones del cuello, el ardor era tan intenso que el calor de su propia sangre atorada en el punto donde no tenía retorno se agolpó, y la cara se le quedó del color del cubo de zinc. No luchó, no quiso mirar a su atacante. Se dejó arrastrar sin pena ni angustias.
Había cumplido su misión en la vida. Todo estaba en paz. Los misterios de la noche se tragarían las sombras que lo habían llevado en volandas sobre alas de ángeles. Sus ojos veían hermosos paisajes mientras surcaba un cielo azul con un arco iris enorme dibujado contra el infinito. ‘Ya no existo’, -se dijo. También seguía oyendo las voces de los asesinos, pero ya estaba muerto. Todo acababa allí y de forma tan absurda: su loro repitiendo la frase odiosa y los asesinos revolviendo la cabaña en busca de unos caudales que nunca encontrarían porque no los tenía. Se irían con las manos vacías pero manchadas de sangre, y sin saber que le habían hecho un favor.
El anciano sonrió cuando pensó en esto antes de expirar, y esa fue la expresión con que lo encontraron al día siguiente sus amigos cuando pasaron a recogerlo para llevarlo al pueblo con ellos a pasar los días de Navidad. Faltaban tan sólo dos noches para que fuera Nochebuena. Se esperaban las primeras nieves: el viento arreciaba del norte y el color del cielo anunciaba la inminente nevada. Nada podía hacer un anciano sólo en medio de la montaña, a mil metros de altitud, rodeado de nieve y silencio... salvo hundirse aún más en su tristeza.
-¡Amigos, llegáis a tiempo! -'graznó' el bicho entre aleteos que lo desplumaban al girarse por la jaula como poseído por el diablo-. 'Un loro que graznaba no debió ser una compañía muy agradable' -pensarían los dos hombres que permanecían en pie ante el anciano.
-¿Qué dice este loro loco? -le preguntó el uno al otro-. Si está muerto tampoco hemos podido llegar a tiempo.
-No está tan loco el loro. Él, Isidoro en persona le enseñó a decir esa frase -musitaba el otro hombre dirigiendo su mirada hacia el buen amigo asesinado, con la expresión de paz más hermosa que jamás vio antes en una cara anciana.
-Nunca supimos para qué se las enseñaba. Ahora lo entiendo todo. Hemos llegado a tiempo porque no hemos llegado a tiempo para arrancarlo de su casa, ni de salvarlo. Esto era lo que él deseaba. ¡Viejo loco!
-¡Viejo loco, viejo loco! -gritó el loro como un desgraciado sin parar de dar vueltas por la jaula.
-¡Viejo imbécil, muere ya! ¡Amigos, llegáis a tiempo! -Y así continuó durante rato hasta quedarse afónico.
Su viejo compañero lo había abandonado. Tal vez ahora alguno de aquellos dos hombres lo echaran a volar. '¡Volar! Para llegar, ¿A dónde?' -Podría pensar el loro si no fuera animal. ¿Le habría enseñado Isidoro también a pensar?' La idea tan descabellada como inquietante quedaría en la mente de los dos hombres para siempre.
-¡Más allá del arco iris... más allá del arco iris! -El loro repetía ahora la frase que su dueño le había enseñado esa misma tarde, justo antes de que las sombras se cernieran sobre la cabaña y el sonido del frondoso bosque se tragara los ecos de todos los nombres que habitaron el lugar durante los últimos cincuenta años."
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